Un fotógrafo nunca sale en las fotos. Excepto cuando la foto te la hace otra persona. La mirada de los voluntarios siempre me ha servido para re-descubrir África. Pero además, algunos me han ayudado a verme a mí mismo a través de sus ojos.
Durante la visita a un colegio para supervisar la construcción de un tanque de almacenamiento de agua de lluvia, me pongo a charlar con este niño. Quiere probarse mis gafas de sol y se las dejo. Está muy simpático y pide una foto a gritos. Al arrodillarme me doy cuenta que en el reflejo se ve a alguno de los voluntarios que están detrás de mi y opto por un primer plano, para que se les vea bien. Hago la foto de arriba. No me quedo satisfecho, pero no hago más.
Resulta que al mismo tiempo Jesús -a quién se puede ver en el reflejo de las gafas, al fondo, apoyado contra el árbol-, está disparándome a mi y saca la foto de abajo. Me gusta mucho más que la mía y no porque salga yo, sino porque nuestras miradas confluyen. La mía, la suya y la del niño. Gracias, Jesús.
Sé que a veces los ojos sangran ante tanta miseria. Pero los compañeros y compañeras que han ido a Tanzania a colaborar voluntariamente han sido valientes y han mirado siempre de frente. Curaos los ojos, pero nunca borréis lo visto.
