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lunes, 11 de octubre de 2010

Momentos in_voluntarios


Un fotógrafo nunca sale en las fotos. Excepto cuando la foto te la hace otra persona. La mirada de  los voluntarios siempre me ha servido para re-descubrir África. Pero además, algunos me han ayudado a verme a mí mismo a través de sus ojos.


Durante la visita a un colegio para supervisar la construcción de un tanque de almacenamiento de agua de lluvia, me pongo a charlar con este niño. Quiere probarse mis gafas de sol y se las dejo. Está muy simpático y pide una foto a gritos. Al arrodillarme me doy cuenta que en el reflejo se ve a alguno de los voluntarios que están detrás de mi y opto por un primer plano, para que se les vea bien. Hago la foto de arriba. No me quedo satisfecho, pero no hago más.


Resulta que al mismo tiempo Jesús -a quién se puede ver en el reflejo de las gafas, al fondo, apoyado contra el árbol-, está disparándome a mi y saca la foto de abajo. Me gusta mucho más que la mía y no porque salga yo, sino porque nuestras miradas confluyen. La mía, la suya y la del niño. Gracias, Jesús.


Sé que a veces los ojos sangran ante tanta miseria. Pero los compañeros y compañeras que han ido a Tanzania a colaborar voluntariamente han sido valientes y han mirado siempre de frente. Curaos los ojos, pero nunca borréis lo visto.

jueves, 16 de septiembre de 2010

El Serengueti.











El Serengueti ha sido muy generoso conmigo. A lo largo de estos años me ha regalado innumerables e irrepetibles momentos.

Como el leopardo que dormía la siesta en la rama de un árbol, junto a la orilla del camino. Aquél gatito vio pasar un par de Dik Dik por debajo del árbol y ante nuestra nariz, saltó a por ellos pero fracasó.


O la manada de elefantes que destrozaban una acacia, hasta que uno se puso delante del coche y otro detrás, cerrándonos el paso. Nos barritaron y nos amenazaron pero salimos vivos.




Y los hipopótamos, durmiendo la siesta a plena luz.

Asante sana, Serengeti.


miércoles, 15 de septiembre de 2010

Watoto wa Tanzania




Yo no soy esos niños
pero algo suyo viaja conmigo.

Se preguntan de dónde vengo,
qué hago, qué miro
y sé que no lo entienden;
pero yo soy esos niños.


martes, 18 de mayo de 2010

103 años bajo el mismo baobab




Riendo exclamó que ella no era tan mayor, ¡que su madre aún vivía! Reía tanto que me lo contagió. Luego se acercó otra señora que resultó ser su hermana gemela. Ahora reían aún más. Y yo cada vez más sorprendido. En un lugar donde la esperanza de vida es de 41 años, conocer a dos señoras gemelas de 82, tan joviales, cuya madre aún vivía es como estar ante un milagro. Acabaron invitándome a su casa para conocer a su madre. 

Allí salió ella, una mujer de metro noventa de altura con un porte extraordinario y una expresión de viveza absoluta en todo su cuerpo. En sus manos llevaba tiras de mimbre con las que tejía unas cuerdas. En pleno uso de sus facultades mentales, le explicaron por qué había venido a verla un blanco. Rió, tan simpática como sus hijas, y me invitó a sentarme con ella.

Me contó detalles de una vida sorprendente, llena de superación, supervivencia, rebeldía, transgresión y mucha, mucha fortaleza. Nadie sabía cuántos años tenía porque en esa familia nadie sabía sumar. Echamos cuentas haciéndola recordar. Tuvo su primera hija, con su primer marido, a los dieciséis. De seguir viva, en ese momento hubiera tenido ochenta y siete. Por lo tanto, la buena mujer sumaba la friolera de 103 años. Cuando lo supo se sorprendió mucho:

- ¿Más de cien? -preguntó entre orgullosa e incrédula.
- Pues sí, ¿cuál es el secreto? -pregunté yo bromeando.
- Es por el babobab que hay detrás de la casa -respondió muy seria-. Me protege desde niña.

miércoles, 28 de abril de 2010

Tanganyka


Incansables los pescadores del lago más largo del mundo y uno de los más profundos. En pleno ramadam, sin comer ni beber en todo el día, este pescador apuraba las últimas horas de luz antes de acercarse a la playa y en la misma orilla, comer algo en cuanto cayera el Sol.

Posiblemente, la falla de la que surgió la vida. En palabras de un amigo geólogo: el coño del mundo.


martes, 27 de abril de 2010

Blanco y Negro


Manobel se acercó a mí en la playa de Bagamoyo para venderme estatuas de madera. Le dije en su idioma que sólo le compraría una que hiciéramos entre los dos.

Me llevó a su taller y me enseñó a tallar. Dibujó la cara, me dio una maza y un cincel y me dijo que hiciera lo mismo que él.

Cada golpe descubría vetas blancas o negras. La fusión del ébano desde dentro de sí mismo. Un ojo él otro yo. Un lado de la nariz él; otro yo. Si en su parte salía blanco, en la mía negro y viceversa.

Así hasta que se revela un rostro de alma blanca y negra.

Nos hicimos amigos en sesenta segundos.